
Trastornos del sueño en adolescentes: conoce causas, señales de alerta y riesgos. Aprende cuándo pedir ayuda profesional y qué observar en casa.
Los trastornos del sueño en adolescentes son alteraciones persistentes que afectan la cantidad, calidad u horario del descanso que pueden impactar el ánimo, el rendimiento escolar y la salud mental. No se trata solo de “acostarse tarde”: cuando el mal dormir se mantiene en el tiempo y afecta el funcionamiento diario, conviene prestarle atención clínica.
Son las 7:15 de la mañana. Tu hijo o hija se levanta con dificultad, de mal humor, con la sensación de no haber descansado bien otra vez. Para muchas familias, esta escena se repite a diario sin tener claridad de que en la pubertad, el sueño cambia biológicamente y en algunos casos, puede desorganizarse más de lo esperable.
¿Por qué ocurre? Vamos por partes.
Un trastorno del sueño no se define por una noche aislada de mal descanso, sino por una alteración frecuente y persistente del ciclo o su calidad, con consecuencias visibles durante el día: somnolencia excesiva, dificultades de atención, bajo desempeño escolar o cambios sostenidos en el ánimo.
A lo largo de esta etapa, el cerebro experimenta cambios en su reloj interno (ritmo circadiano) y en los mecanismos que regulan el inicio y el sustento del sueño. En consecuencia, muchos adolescentes no sienten somnolencia a la hora habitual, aun cuando deban despertarse temprano para asistir al colegio.
Lo esencial no es la hora a la que se acuestan, sino cómo funciona el adolescente durante el día. Cuando estas variaciones interfieren de forma consistente con el aprendizaje, la regulación emocional o las actividades cotidianas, deja de ser un ajuste evolutivo y pasa a ser un problema clínico.
Dormir no es un proceso uniforme, se organiza en fases que cumplen funciones distintas y complementarias.
El sueño profundo es clave para la recuperación física y la restauración cerebral, mientras que la fase REM cumple un rol central en la consolidación de aprendizajes y el procesamiento emocional.

Cuando este proceso es insuficiente o se fragmenta, las fases no se completan adecuadamente y el resultado se traduce en un desajuste funcional.
Muchos de estos problemas no aparecen por falta de hábitos o disciplina, sino porque el reloj biológico del adolescente funciona de manera distinta en esta etapa.
Durante la pubertad, el reloj biológico se retrasa de forma natural y el sueño tiende a iniciarse más tarde. Cuando este cambio se combina con horarios escolares tempranos y uso nocturno de pantallas, puede producirse un desajuste del ritmo sueño-vigilia.
Comprender este proceso permite a las familias ajustar rutinas y reconocer cuándo el problema no es falta de voluntad, sino un cambio orgánico que puede requerir ayuda profesional.
Los problemas de sueño en la adolescencia no se presentan de una sola manera. Existen patrones bien descritos que orientan hacia la atención médica
Es el patrón más frecuente. Aparece cuando el adolescente duerme de forma habitual menos de las 8–10 horas recomendadas, lo que, sostenido en el tiempo, aumenta el riesgo de otros trastornos de este tipo.
Implica dificultad persistente para conciliar, mantener el sueño o despertar demasiado temprano, aún con tiempo suficiente para dormir. Puede durar semanas o meses y coexistir con ansiedad u otras comorbilidades.
Se trata de un desajuste del ritmo circadiano: el reloj biológico se retrasa y el adolescente se duerme y despierta mucho más tarde. El conflicto surge al intentar ajustarse a horarios escolares tempranos.
Trastorno respiratorio con pausas repetidas durante el sueño, generalmente asociado a ronquidos, respiración bucal y despertares frecuentes. Es más común en sobrepeso y puede causar somnolencia diurna e irritabilidad.
Se manifiesta como una sensación incómoda en las piernas al acostarse, que obliga a moverlas. Dificulta conciliar el sueño y fragmenta el descanso nocturno.
Incluyen conductas o experiencias inusuales durante el sueño, como sonambulismo, terrores nocturnos o pesadillas recurrentes. Cuando son frecuentes, interrumpen el descanso y generan ansiedad al dormir.
Trastorno neurológico poco frecuente, marcado por somnolencia diurna excesiva y episodios súbitos de sueño. Debe considerarse cuando el cansancio es intenso y no se explica por falta de horas de descanso.
En muchos casos, el mal dormir surge por la combinación de factores cotidianos:
Un punto clave: las pantallas no explican por sí solas todos los problemas de sueño, pero pueden intensificar alteraciones preexistentes cuando invaden el espacio nocturno.
Cuando el mal dormir comienza a repetirse, es importante saber qué señales observar para decidir si es momento de buscar orientación profesional.

Cuando estas señales se mantienen por más de cuatro semanas, es recomendable consultar con un profesional de salud.
En la mayoría de los casos, el abordaje del sueño no comienza en la consulta, sino en casa, con el rol organizador del entorno familiar.
Las rutinas familiares cumplen un papel fundamental en la prevención y manejo de los problemas de sueño. Algunas recomendaciones son:
El ejemplo de los adultos es clave: los adolescentes con límites definidos y rutinas consistentes suelen dormir mejor.
La evaluación especializada permite analizar de forma integral los problemas de sueño, considerando la historia clínica, los patrones reales de descanso y los factores emocionales o conductuales involucrados.
Según el caso, el diagnóstico médico puede incluir diarios de sueño, actigrafía o estudios específicos cuando se sospechan trastornos respiratorios o del movimiento. También es fundamental evaluar comorbilidades frecuentes como ansiedad o depresión.
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